Quitar los velos, desbrozar la maleza.
"Ver" realmente qué ocurre.
Solo así recuperaremos un principio tradicional del pensamiento crítico: si no te duelen las cosas, no las vas a querer cambiar. Si tu dolor no lo conviertes en conocimiento tienes un dolor que no sirve para nada, eres presa de un sufrimiento vacío. Y se necesita mucho dolor para poder convertirlo en un arma de reivindicación y transformación política. Eres como esa gente anclada en la anorexia o la bulimia -infelices, a fin de cuentas- porque no pueden acceder a ese nivel de consumo que la televisión señala como óptimo. Porque también te dice que si no lo obtienes, eres una persona fracasada.
Vivimos en sociedades que saturan a la persona audio-visualmente. Sociedades que te dicen:
¿Estás triste?
Compra.
¿Estás aburrido?
Compra.
¿Te sientes sola?
Compra.
Es como si se hubiesen venido abajo los teatros y las bibliotecas y sólo quedasen en pie los grandes centros comerciales. Es como si el placer de palpar y sentir una historia hermosa pudieras encontrarlo adquiriendo un mero producto que funcionase de paliativo a tu tristeza. Y es mentira.
Los medios de comunicación van a tratar de evitar que te enteres que existe mucha mas gente como tú, que tiene las mismas dudas que tú y que le duele las mismas cosas que te duelen a ti. Que no es cierto que seas anacrónico, que seas inferior, que estés loco, obsoleto, que seas un marginal... No, no es cierto. Lo que pasa es que los medios no te lo cuentan.
Al final, partiendo de estos dos principios -manipulación y desinformación- pues no pueden existir el uno sin el otro, nos queda un gran modelo socio-económico que impera a nivel global. Por ejemplo:
En EEUU no hay pobres. Y usted puede preguntarse
-¿Cómo que no hay pobres, si existen más de cuarenta millones de personas que no tienen techo? -Y te van a decir -No, no, mire, esos no son pobres, son perdedores.
Y la diferencia entre un pobre y un perdedor es que éste es el RESPONSABLE de su infortunio, mientras que para el pobre quizás exista algún tipo de explicación social que justifique sus carencias materiales.
Si nosotros interiorizamos que somos los únicos responsables del dolor que nos aflige, porque no hemos estudiado chino mandarín a las tres de la mañana, porque no trabajamos dieciséis horas, porque hemos cometido el terrible pecado de leernos una obra de literatura o fumarnos un cigarrillo y por eso no hemos encontrado trabajo... Claro, si interiorizamos todo eso, resulta que vivimos en un sistema idílico y ejemplar, que premia al trabajador honrado y castiga a los holgazanes. Tenemos un dolor individual, un dolor que nos hace sentir vergüenza y, por tanto, nos negamos a expresarlo; un dolor incapaz de socializarse y transformar con ello nuestras sociedades. Y para que esto sea así
Te van a manipular, te van a mentir, y no les va a suponer un gran esfuerzo si no eres capaz de razonar mas allá de las noticias tergiversadas de los medios; que no han contado nada sobre la revolución silenciada de Islandia y las revueltas en Reikiavik, que no han contado nada sobre las manifestaciones multitudinarias de los estudiantes y funcionarios de toda España ni cuánto cotizan sus políticos, que no han contado qué pasó realmente en los atentados del 11-S ni en la "consecuente" guerra de Irak... Que no te han contado, en absoluto, lo que no les interesa que sepas.
¿Qué puede hacer un simple ciudadano?
Lo primero, asumir que no hace falta ser alguien para cambiar o para hacer algo verdaderamente trascendental. No es necesario lucir capa y antifaz para luchar por un mundo más justo, y para ganar tampoco. "
El miedo al cambio es el miedo a la Historia. La evolución y el desarrollo vienen por el camino de las decisiones inciertas". Nos hablan de utopía si les hablamos de cambio social, nos dicen: -¿Qué haces tú opinando, y por qué piensas que debemos escucharte, si no eres nadie?- Y es mentira. La razón es mucho más sencilla que todo ese elenco de prejuicios infundados.
No te resignes, no adoptes una postura pasiva frente al televisor, que esa resignación y esa pasividad son muy contagiosas y, al final, acabamos todos enfermos. Corta los hilos de los políticos que nos atan y nos manejan como si fuésemos marionetas, hagamos trenzas con el cable de la televisión y de Canal Plus, desbrocemos la maleza y arranquemos los velos: cuéntale a la persona que tienes al lado que ya estás cansado, y descubrirás que, seguramente, él también lo está.
No les interesa que encuentres tus propias respuestas, quieren que creas en las suyas.
Quieren quitarte de la mano un libro que te proporcionará cultura, inteligencia y capacidad para sacar conclusiones propias y verdaderas -poder, en definitiva- para ponerte delante un programa de tele-basura que te deje embobado horas frente ideas y conclusiones banales de alcobas ajenas. Te van a decir que la lectura es aburrida, van a tratar de inculcarte que es mucho más divertido ver pasar el tiempo tumbado en el sofá mirando una pantalla.
No les hagas caso, no aceptes la estupidez que te brindan: que esos tontos se mantienen en el poder creando un país de tontos más tontos que ellos.
Y tonto el que no lea.