sábado, 29 de septiembre de 2012

Desbrozar la maleza.

Quitar los velos, desbrozar la maleza.

"Ver" realmente qué ocurre.

Solo así recuperaremos un principio tradicional del pensamiento crítico: si no te duelen las cosas, no las vas a querer cambiar. Si tu dolor no lo conviertes en conocimiento tienes un dolor que no sirve para nada, eres presa de un sufrimiento vacío. Y se necesita mucho dolor para poder convertirlo en un arma de reivindicación y transformación política. Eres como esa gente anclada en la anorexia o la bulimia -infelices, a fin de cuentas- porque no pueden acceder a ese nivel de consumo que la televisión señala como óptimo. Porque también te dice que si no lo obtienes, eres una persona fracasada.

Vivimos en sociedades que saturan a la persona audio-visualmente. Sociedades que te dicen:

¿Estás triste?

Compra.

¿Estás aburrido?

Compra.

¿Te sientes sola?

Compra.

Es como si se hubiesen venido abajo los teatros y las bibliotecas y sólo quedasen en pie los grandes centros comerciales. Es como si el placer de palpar y sentir una historia hermosa pudieras encontrarlo adquiriendo un mero producto que funcionase de paliativo a tu tristeza. Y es mentira.

Los medios de comunicación van a tratar de evitar que te enteres que existe mucha mas gente como tú, que tiene las mismas dudas que tú y que le duele las mismas cosas que te duelen a ti. Que no es cierto que seas anacrónico, que seas inferior, que estés loco, obsoleto, que seas un marginal... No, no es cierto. Lo que pasa es que los medios no te lo cuentan.

Al final, partiendo de estos dos principios -manipulación y desinformación- pues no pueden existir el uno sin el otro, nos queda un gran modelo socio-económico que impera a nivel global. Por ejemplo:

En EEUU no hay pobres. Y usted puede preguntarse
-¿Cómo que no hay pobres, si existen más de cuarenta millones de personas que no tienen techo? -Y te van a decir -No, no, mire, esos no son pobres, son perdedores.
Y la diferencia entre un pobre y un perdedor es que éste es el RESPONSABLE de su infortunio, mientras que para el pobre quizás exista algún tipo de explicación social que justifique sus carencias materiales.

Si nosotros interiorizamos que somos los únicos responsables del dolor que nos aflige, porque no hemos estudiado chino mandarín a las tres de la mañana, porque no trabajamos dieciséis horas, porque hemos cometido el terrible pecado de leernos una obra de literatura o fumarnos un cigarrillo y por eso no hemos encontrado trabajo... Claro, si interiorizamos todo eso, resulta que vivimos en un sistema idílico y ejemplar, que premia al trabajador honrado y castiga a los holgazanes. Tenemos un dolor individual, un dolor que nos hace sentir vergüenza y, por tanto, nos negamos a expresarlo; un dolor incapaz de socializarse y transformar con ello nuestras sociedades. Y para que esto sea así

Te van a manipular, te van a mentir, y no les va a suponer un gran esfuerzo si no eres capaz de razonar mas allá de las noticias tergiversadas de los medios; que no han contado nada sobre la revolución silenciada de Islandia y las revueltas en Reikiavik, que no han contado nada sobre las manifestaciones multitudinarias de los estudiantes y funcionarios de toda España ni cuánto cotizan sus políticos, que no han contado qué pasó realmente en los atentados del 11-S ni en la "consecuente" guerra de Irak... Que no te han contado, en absoluto, lo que no les interesa que sepas.

¿Qué puede hacer un simple ciudadano?

Lo primero, asumir que no hace falta ser alguien para cambiar o para hacer algo verdaderamente trascendental. No es necesario lucir capa y antifaz para luchar por un mundo más justo, y para ganar tampoco. "El miedo al cambio es el miedo a la Historia. La evolución y el desarrollo vienen por el camino de las decisiones inciertas". Nos hablan de utopía si les hablamos de cambio social, nos dicen: -¿Qué haces tú opinando, y por qué piensas que debemos escucharte, si no eres nadie?- Y es mentira. La razón es mucho más sencilla que todo ese elenco de prejuicios infundados.

No te resignes, no adoptes una postura pasiva frente al televisor, que esa resignación y esa pasividad son muy contagiosas y, al final, acabamos todos enfermos. Corta los hilos de los políticos que nos atan y nos manejan como si fuésemos marionetas, hagamos trenzas con el cable de la televisión y de Canal Plus, desbrocemos la maleza y arranquemos los velos: cuéntale a la persona que tienes al lado que ya estás cansado, y descubrirás que, seguramente, él también lo está.

No les interesa que encuentres tus propias respuestas, quieren que creas en las suyas.

Quieren quitarte de la mano un libro que te proporcionará cultura, inteligencia y capacidad para sacar conclusiones propias y verdaderas -poder, en definitiva- para ponerte delante un programa de tele-basura que te deje embobado horas frente ideas y conclusiones banales de alcobas ajenas. Te van a decir que la lectura es aburrida, van a tratar de inculcarte que es mucho más divertido ver pasar el tiempo tumbado en el sofá mirando una pantalla.
No les hagas caso, no aceptes la estupidez que te brindan: que esos tontos se mantienen en el poder creando un país de tontos más tontos que ellos.

Y tonto el que no lea.

RESPONSABILIDAD

"Las miserias del mundo están ahí, es un hecho; y sólo hay dos formas de comportarnos ante ellas: o entender que uno no tiene la culpa y por tanto encogerse de hombros y decir que no esta en sus manos remediarlo -lo cual es cierto- o bien asumir que, aún cuando no está en nuestras manos resolverlo, tenemos el deber moral de comportarnos como si así lo fuera".


José Saramago, Buenas y Malas personas.


sábado, 15 de septiembre de 2012

Ya no quedan chuches en tu calcetín.


En principio, no tendría por qué asustarme. Es más, debería de tomarlo con toda naturalidad, sin que ya nada me llamara la atención, pero me es imposible.
Os hablo de los valores, costumbres y hábitos con los que al menos yo crecí, y que hoy en día no veo reflejados en los más pequeños. Recuerdo que cuando era niño solía bajar con los amigos de la barriada al parque. Jugábamos, reíamos, inventábamos historias... Con el tiempo, te das cuenta de la importancia que tienen esos momentos en los que pudiste experimentar sentimientos que son imprescindibles para desarrollarte en un futuro no muy lejano como persona, tales como la amistad, el cariño, el rencor o la reconciliación.
Sería una estupidez pensar que los niños de hoy fueran una copia de lo que yo fui hace diez años, igual que sería impensable que mi infancia se hubiese desarrollado igual que la de mi padre. Es lógico, los tiempos y la sociedad caminan de la mano,evolucionan, y por lo tanto no todo ha de ser forzosamente igual.
Sin embargo, hoy en día lo que observo es algo totalmente diferente a lo que jamás imaginé: ya no veo a niños jugando donde yo lo hice, las pistas de fútbol o baloncesto  no se llenan de chavales peleándose por quién empieza a jugar primero, en el recreo de mi antiguo colegio es mejor que no preguntes a ningún infante por qué ya no juegan al "tú la llevas", "el escondite" o "la gallinita ciega", ya que probablemente no se tome la molestia de levantar su cabeza de la pantalla de su móvil de última generación Samsung Galaxy3978PlusUltraOptimus para prestarte la más mínima atención.
Y es por todo ello por lo que, una vez pasados los años, puedes descubrirlos transformados en adolescentes fríos, opacos, sin mayor preocupación en sus vidas que la de subir fotos y escribir lo que hacen cada segundo vía tuenti/twitter/ask/facebook o derivados, con miles de millones de "amigos" con los que no han compartido una risa o una lágrima en sus putas vidas.
Y la pregunta mágica es, ¿y cómo se ha podido llegar hasta aquí?. Desde mi punto de vista, gracias a una generación de padres que no se han preocupado por la educación de sus hijos, a los cuales no les han inculcado valor alguno, ni siquiera se han preocupado por que les interese algo, nada, simplemente tomaron la molestia de ir renovando los videojuegos de sus pupilos año tras año, tan solo se ocuparon de ponerles TV en su cuarto, con cincuenta canales de pago (por si a las cuatro de la mañana al niño le da por ver la tele y no tiene canal de dibujitos animados veinticuatro horas), y ya está.
Ah, eso sí, que no falte la típica excusa del progenitor que se convence a sí mismo de que su trabajo le ocupa todo el día y es por eso por lo que deja a su hijo hipnotizado cinco horas diarias delante de una pantalla. 
A más de uno le metía un libro por el culo.
Tonto el que no lea.


La educación está prohibida.

Formar a una persona para hacerla proclive a las pautas que marca el sistema, no es educarla. Todos hablan de paz, pero no nos educan para ser pacíficos, sino para competir. Hay que ganarle al otro. Y la competencia asienta los cimientos de cualquier guerra o conflicto. Qué lejos quedan aquellos tiempos de filosofía donde tu teoría se venía al traste cuando dabas con una paradoja.
Nos dicen que somos libres, pero nos ponen restricciones: dónde y cuándo podemos serlo. Nos hablan de la igualdad de oportunidades; “todos tenemos la posibilidad de triunfar mediante el esfuerzo y el sacrificio” y se les olvida mencionar a la gente que está tirada en la calle muriéndose del hambre y del asco. La sociedad señala impasible a este tipo de personas y te dice que ése es el destino que eligieron. Que, en su tiempo, tuvieron la oportunidad de acceder a una formación y a unos estudios que les habrían procurado un puesto de trabajo, pero no lo hicieron. Llegados a este punto empiezo a preguntarme el por qué de esta simplificación tan metódica y absurda del mundo. Pienso que será su peculiar forma de justificar cómo puede estar un mendigo suplicando unos céntimos para no morirse de hambre delante de un hipermercado, donde la mitad de los alimentos expuestos al público acaban desechados en un contenedor al final de cada semana. ¿Es justo?
En el otro extremo de la sociedad, en la cúspide, tenemos a una élite de personas podridas de dinero. “En toda riqueza está asentada la base del robo, por la sencilla razón de que nadie se hace rico dando más de lo que tiene”. Son personas que rocían su piel con alguna fragancia de marca cuyo precio desorbitado están dispuestos a pagar. Y no les importa sacar de su cartera un billete de cien euros para adquirir un mero recipiente de agua aromatizada, porque el deportivo de diseño que tienen aparcado en su garaje es de alta gama, y esto implica que si pueden permitirse un coche así de caro, pueden limpiarse también el trasero empalmando billetes. En manos del treinta por ciento de la población mundial se encuentra el ochenta por ciento del capital del planeta. Las diez personas más ricas del mundo tienen más dinero que el resto. Vemos, pues, que existe una gran diferencia entre el poder adquisitivo de las personas. Con estos datos me puse a reflexionar, porque si las multas son económicas y puedes librarte de la prisión pagando un precio (en función de la gravedad del delito cometido) ¿Es la ley igual de justa para ricos y pobres? ¿Es justo que alguien pueda librarse de cumplir condena en la cárcel pagando una fianza, y otra persona que no pueda costearla deba soportar todo el peso de la Ley, o que no pueda acceder a los servicios de abogados mejor cualificados? Evidentemente, no. El sistema jurídico favorece de forma abrumadora a las personas con fortunas en paraísos fiscales, el por qué tampoco es difícil de dilucidar.
Hipocresía desalmada y segundas intenciones aparecen ocultas detrás de las acciones de los poderosos. Por ejemplo, EEUU, como superpotencia imperante en el planeta, es el país que vela por la paz mundial con sus instituciones militares. Todo el que sea lo suficientemente curioso como para informarse respecto al tema sabe también que es el país que vende más armas, sobretodo en África, donde las constantes guerrillas que se producen ejercen una demanda enorme de material bélico, que resulta ser un gran aliciente para deshacerse del armamento anticuado y obsoleto. El hecho de que las usen no les concierne, cuando estalle el conflicto y se produzca un nuevo genocidio “made in USA” mandarán a los cascos azules para controlar la situación y quedarse con el petróleo. Si nos vamos a España encontramos el típico discurso político cargado de mentiras, eufemismos e incluso insultos; aquí los partidos ganan elecciones con programas electorales que después no cumplen. Pero la gente no se moviliza, no sale a la calle a protestar para decir basta a los políticos que nos están robando el dinero de las arcas públicas para dejarse el tabique esnifando cocaína e irse de putas con su chófer, o para exclamar que nos da asco que nuestros países desarrollados les proporcionen los medios a los países subdesarrollados para que se maten entre ellos. Se movilizan, en cambio, para que la comunidad de inmigrantes musulmanes no construya una mezquita, porque les parece deleznable que recen a un Dios que no sea el preferido de Franco. Se movilizan porque su equipo de fútbol favorito ha descendido de categoría y no pueden soportarlo. Tanto sinsentido y tanta estupidez humana me lleva a la resignación: acabo pensando que tenemos el mundo que nos merecemos, el sistema que nos merecemos, el país que nos merecemos y hasta los gobernantes que nos merecemos. Porque sin gente inculta, absurda, cínica y despreocupada por todo menos por el fútbol, no habría gobernantes de la peor calaña aprovechándose de ellos. 
El problema es la educación, que está prohibida; no se preocupan de enseñarnos que la raza humana es un crisol de personas muy distintas, y que es en esa diversidad donde podemos encontrar uno de los aspectos más hermosos de la vida. No se preocupan de fomentar la lectura y de hacernos pensar, sacar conclusiones propias y exponerlas; en vez de eso nos sientan unas cuantas horas delante de un profesor que tiene que impartir no, más bien contar su asignatura según lo dicten un puñado de pedagogos, que no han enseñado nada a nadie en su puta vida. No es difícil encontrar personas a las que les cuesta un enorme esfuerzo el simple hecho de expresarse, y es precisamente por la falta de práctica. No obstante, de vez en cuando tengo el gusto de encontrarme a alguien que no va paseando por la calle con la mirada fija en la pantalla del móvil, que no le pega patadas a su vida privada por las redes sociales porque sabe que la intimidad es un bien muy preciado, que me aconsejan la lectura de las obras literarias de Saramago y otros tantos autores, y que gustan de debatir conmigo sobre los versos de Bécquer o sobre los de Chojin en vez de hablar sobre el golazo que marcó Messi el otro día. Gente que merece la pena y da gusto conversar con ellas porque saben escucharte, convencerte y cambiar de opinión, y no sienten la necesidad de gritar cuando se les contradice. Por eso, cuando uno de ellos me ofreció participar en este proyecto de blog en conjunto sobre literatura y opinión crítica no pude más que sentarme a escribir estas líneas. Tonto el que no lea, por supuesto, porque los libros están al alcance de todos. De momento...