Ayer mantuve una conversación muy interesante. Uno de mis compañeros de piso me contaba lo que le acababa de suceder. Imaginemos a un joven que va a almorzar a la terraza de un bar, pide su plato y, durante el corto periodo de tiempo en el que sus estudios le permiten irse a tomar algo al aire libre, llega una inmigrante al lugar pidiendo limosna a una pareja de ancianos, sentados en otra mesa. Tras la negativa de estos, los incordia largo rato. Después de ellos, lo intenta con otra persona, también perteneciente a la tercera edad. Por último, se acerca a mi compañero, pero el "no" rotundo de este la hace cambiar de dirección. Esta vez intenta entrar en el bar, el camarero la expulsa, y la inmigrante se queda protestando en la entrada del establecimiento, discutiendo con el camarero y atrayendo la atención de todos. Tras el accidentado almuerzo, mi compañero va a comprar, y se encuentra a la pedigüeña acompañada por otra inmigrante, ambas riéndose, a la puerta del supermercado. El hecho de que en el bar aparentase ser la persona más desdichada del mundo e intentase sacar provecho de personas mayores y, sin embargo, luego la encontrase tan vivaracha, hace que mi compañero llegue a casa un tanto enfadado.
Me relata la historia, y entiendo que la reacción de mi amigo es totalmente comprensible. Además opino que, si me hubiese ocurrido a mi, habría reaccionado de manera similar.
Considero a mi compañero una persona inteligente y respetuosa con los demás, y por lo tanto deben entender que no me relata los acontecimientos despectivamente, sino de una forma objetiva, precisa. Qué ha ocurrido. Por qué estoy ahora así. Te entiendo. De acuerdo. No hay más.
Sin embargo, este hecho me hace pensar que, si hubiese sido cualquier otra persona a la que le hubiese ocurrido esto (imaginemos a un sevillanito autóctono, de los de verdad), quizás no tan considerada, no me habría contado las cosas así. Cabe pensar la posibilidad de que, aprovechando la extranjería de la inmigrante, hubiese empezado a despotricar contra todo dios. Imagínenselo, no es tan difícil, estoy seguro que casi todos hemos oído alguna vez esas típicas frases: "hijos de puta estos chinos, ¡nos van a invadir!" / "mira los negros, ¡están en todos los semáforos vendiendo pañuelitos!" / "putos rumanos, ¡sólo saben robar!"; y así un largo etcétera de descalificativos contra toda persona que proceda de un país en el que no se estilen los toros, los pantalones de colores, la semana santa, la feria, o comer un año entero jamón de york para poder irte de vacaciones a la playa, y así poder vacilar delante de tus vecinos cuando vuelves, transformado en una jodida langosta.
Por una parte, puedo llegar a entender que el hecho de encontrarte día sí día no con inmigrantes sin recursos que intenten salir adelante de una manera u otra (algunos legalmente, otros no) sumado a una educación y un respeto deficiente hacia los demás, así como un cerebro obtuso, puede llegar a provocar esa retahíla de insultos. Si a esto le añadimos la hipotética situación (no tan descabellada), de que a nuestro amigo el sevillano no le suben el sueldo en el trabajo (o bien se lo han bajado), nos encontramos con que nuestro compadre no puede ir a tomarse un copazo el sábado por la noche con su parienta amarrada al brazo, y por lo tanto, ante la pregunta que planteo a continuación, imagino que ya todos supondrán la respuesta: ¿a quién puede el españolito puro, de raza, atribuir todos sus males y desgracias? Por supuesto, lo más probable es que lo pague con el inmigrante de la acera de enfrente.
Y aquí es donde ciertamente me entran ganas de salir corriendo hacia el váter y empezar a vomitar. Aquí es donde pienso que verdaderamente la gente no está del todo concienciada. No soy un jodido erudito, mentiría si intentase convencerlos de que poseo profundos conocimientos acerca de todo, sin embargo, intento informarme. Y lo que sé, hasta el momento, es que hoy en día el sevillanito, su esposa, su amante, y la madre que los parió a todos, están pagando, a través de sus impuestos, actividades que ellos no disfrutan (imagino) como, por ejemplo, el mantenimiento del yate del que dispone la familia "real" en Ibiza (ya sabrán de quién les hablo, ese rey sucesor de un dictador gracias al cual hoy disfrutamos de una "democracia" y esa historia interminable de mentiras). Tampoco quieren enterarse de que hay una señora llamada Ana Mato a la que empresas de la trama Gürtel pagaron la celebración de 3 fiestas de cumpleaños. "¡Bueno hombre, tampoco es para tanto! Tan solo son 3 fiestas de cumpleaños", argumentaría el sevillanito. El problema viene cuando en esas fiestas gastas medio millón de pesetas en confeti.
Pienso que, es mejor no hablar del amigo Iñaki, de los elefantes, de Mariano, de Alfredo, de Cospedal, de Bárcenas, de Rato...porque si no nos quedamos solos.
Imagino que el contacto físico y visual del día a día, el hecho de que verdaderamente experimentemos delante de nuestras narices cómo una mujer harapienta se acerca a pedirnos dinero, a la mayoría, nos termine por cansar. Lo que me gustaría de verdad sería ver la reacción del amigo sevillano, en el supuesto caso de que la señora Mato, recién salida de Génova, se acercara a él y, de una manera sumamente educada, extrajera de su bolsillo su cartera, se dirigiese al primer Santander que hubiese cerca y sacase dinero de la cuenta corriente de nuestro amigo y, ante la atenta mirada de todos, entrara en el jodido chino a gastar tres mil euros para las fiestas de sus hijos.