sábado, 15 de septiembre de 2012

La educación está prohibida.

Formar a una persona para hacerla proclive a las pautas que marca el sistema, no es educarla. Todos hablan de paz, pero no nos educan para ser pacíficos, sino para competir. Hay que ganarle al otro. Y la competencia asienta los cimientos de cualquier guerra o conflicto. Qué lejos quedan aquellos tiempos de filosofía donde tu teoría se venía al traste cuando dabas con una paradoja.
Nos dicen que somos libres, pero nos ponen restricciones: dónde y cuándo podemos serlo. Nos hablan de la igualdad de oportunidades; “todos tenemos la posibilidad de triunfar mediante el esfuerzo y el sacrificio” y se les olvida mencionar a la gente que está tirada en la calle muriéndose del hambre y del asco. La sociedad señala impasible a este tipo de personas y te dice que ése es el destino que eligieron. Que, en su tiempo, tuvieron la oportunidad de acceder a una formación y a unos estudios que les habrían procurado un puesto de trabajo, pero no lo hicieron. Llegados a este punto empiezo a preguntarme el por qué de esta simplificación tan metódica y absurda del mundo. Pienso que será su peculiar forma de justificar cómo puede estar un mendigo suplicando unos céntimos para no morirse de hambre delante de un hipermercado, donde la mitad de los alimentos expuestos al público acaban desechados en un contenedor al final de cada semana. ¿Es justo?
En el otro extremo de la sociedad, en la cúspide, tenemos a una élite de personas podridas de dinero. “En toda riqueza está asentada la base del robo, por la sencilla razón de que nadie se hace rico dando más de lo que tiene”. Son personas que rocían su piel con alguna fragancia de marca cuyo precio desorbitado están dispuestos a pagar. Y no les importa sacar de su cartera un billete de cien euros para adquirir un mero recipiente de agua aromatizada, porque el deportivo de diseño que tienen aparcado en su garaje es de alta gama, y esto implica que si pueden permitirse un coche así de caro, pueden limpiarse también el trasero empalmando billetes. En manos del treinta por ciento de la población mundial se encuentra el ochenta por ciento del capital del planeta. Las diez personas más ricas del mundo tienen más dinero que el resto. Vemos, pues, que existe una gran diferencia entre el poder adquisitivo de las personas. Con estos datos me puse a reflexionar, porque si las multas son económicas y puedes librarte de la prisión pagando un precio (en función de la gravedad del delito cometido) ¿Es la ley igual de justa para ricos y pobres? ¿Es justo que alguien pueda librarse de cumplir condena en la cárcel pagando una fianza, y otra persona que no pueda costearla deba soportar todo el peso de la Ley, o que no pueda acceder a los servicios de abogados mejor cualificados? Evidentemente, no. El sistema jurídico favorece de forma abrumadora a las personas con fortunas en paraísos fiscales, el por qué tampoco es difícil de dilucidar.
Hipocresía desalmada y segundas intenciones aparecen ocultas detrás de las acciones de los poderosos. Por ejemplo, EEUU, como superpotencia imperante en el planeta, es el país que vela por la paz mundial con sus instituciones militares. Todo el que sea lo suficientemente curioso como para informarse respecto al tema sabe también que es el país que vende más armas, sobretodo en África, donde las constantes guerrillas que se producen ejercen una demanda enorme de material bélico, que resulta ser un gran aliciente para deshacerse del armamento anticuado y obsoleto. El hecho de que las usen no les concierne, cuando estalle el conflicto y se produzca un nuevo genocidio “made in USA” mandarán a los cascos azules para controlar la situación y quedarse con el petróleo. Si nos vamos a España encontramos el típico discurso político cargado de mentiras, eufemismos e incluso insultos; aquí los partidos ganan elecciones con programas electorales que después no cumplen. Pero la gente no se moviliza, no sale a la calle a protestar para decir basta a los políticos que nos están robando el dinero de las arcas públicas para dejarse el tabique esnifando cocaína e irse de putas con su chófer, o para exclamar que nos da asco que nuestros países desarrollados les proporcionen los medios a los países subdesarrollados para que se maten entre ellos. Se movilizan, en cambio, para que la comunidad de inmigrantes musulmanes no construya una mezquita, porque les parece deleznable que recen a un Dios que no sea el preferido de Franco. Se movilizan porque su equipo de fútbol favorito ha descendido de categoría y no pueden soportarlo. Tanto sinsentido y tanta estupidez humana me lleva a la resignación: acabo pensando que tenemos el mundo que nos merecemos, el sistema que nos merecemos, el país que nos merecemos y hasta los gobernantes que nos merecemos. Porque sin gente inculta, absurda, cínica y despreocupada por todo menos por el fútbol, no habría gobernantes de la peor calaña aprovechándose de ellos. 
El problema es la educación, que está prohibida; no se preocupan de enseñarnos que la raza humana es un crisol de personas muy distintas, y que es en esa diversidad donde podemos encontrar uno de los aspectos más hermosos de la vida. No se preocupan de fomentar la lectura y de hacernos pensar, sacar conclusiones propias y exponerlas; en vez de eso nos sientan unas cuantas horas delante de un profesor que tiene que impartir no, más bien contar su asignatura según lo dicten un puñado de pedagogos, que no han enseñado nada a nadie en su puta vida. No es difícil encontrar personas a las que les cuesta un enorme esfuerzo el simple hecho de expresarse, y es precisamente por la falta de práctica. No obstante, de vez en cuando tengo el gusto de encontrarme a alguien que no va paseando por la calle con la mirada fija en la pantalla del móvil, que no le pega patadas a su vida privada por las redes sociales porque sabe que la intimidad es un bien muy preciado, que me aconsejan la lectura de las obras literarias de Saramago y otros tantos autores, y que gustan de debatir conmigo sobre los versos de Bécquer o sobre los de Chojin en vez de hablar sobre el golazo que marcó Messi el otro día. Gente que merece la pena y da gusto conversar con ellas porque saben escucharte, convencerte y cambiar de opinión, y no sienten la necesidad de gritar cuando se les contradice. Por eso, cuando uno de ellos me ofreció participar en este proyecto de blog en conjunto sobre literatura y opinión crítica no pude más que sentarme a escribir estas líneas. Tonto el que no lea, por supuesto, porque los libros están al alcance de todos. De momento...

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