jueves, 15 de agosto de 2013

Sleepless.

El calor era insoportable. Todos los días su ciudad se volvía fantasmal a esa hora de la tarde, en la que nadie tenía valor de caminar bajo el sol abrasador de verano. No le valía la opción de permanecer encerrado en casa, un día más, esperando el lento transcurso de horas interminables entre cojines, hasta que los últimos rayos terminaran por desaparecer bajo la eterna vigilancia de la estación de trenes. Ya había desperdiciado demasiados días de esa forma. Necesitaba liberarse, esparcirse. Sabía de sobra que no le quedaba otra que respirar hondo, salir y caminar sobre el polvo caliente que el viento levantaba. Y salió. Y sus piernas se lo agradecieron de inmediato. Y se dio cuenta de que si uno quiere, puede, y quien diga lo contrario, miente [...] Permaneció inmóvil unos segundos con los ojos entreabiertos, cegado, recreándose en aquello que necesitaba más de lo que creía.

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